Parque de Artillería (Plaza López Pinto)
Comenzamos el recorrido en el Parque de Artillería. Mirando, al frente, hacia la Calle Serreta, recordamos un pasaje de la novela de Carmen Conde titulada Destino hallado:
"Vivíamos en una calle estrecha, larguísima,
que por un extremo rozaba los límites de la
vieja ciudad, llegando hasta uno de sus cuarteles,
el de Artillería, y por otro, desembocaba
en una plaza céntrica, donde se alzaba la
Iglesia de la Patrona. La Iglesia estaba cerrada,
eran las tres de la tarde, y me encaminé,
en línea recta, atravesando desmontes, al muelle.
Mi ciudad es puerto de mar, un buen puerto,
cuya fama y seguridad han corrido no sólo
leguas, sino por libros."
Calle Parque
En la Calle Serreta, 14, y su prolongación, la Calle Caridad (en el inmueble del número 12), vivió un breve período de tiempo Carmen Conde, durante los años 1931 y 1932.
Dirigiéndonos hacia la derecha, caminamos por la Calle Parque, siguiendo la fachada lateral del Cuartel de Artillería, única que se conserva completa del edificio, original del siglo XVIII.
Calle Canales
Pasando por detrás de los puestos de flores de la Plaza Juan XXIII, entramos por la Calle Canales, considerada cuna del cante llamado "cartagenera", que tuvo su origen cuando, a finales del siglo XIX, se reunían los cantaores en la Posada del Rojo el Alpargatero. A estos alude Carmen Conde en La rambla:
"Otra vez las tabernas abrieron sus desvencijadas puertas, y en las noches de la luna salían los hombres a la calle con sus sillas y guitarras para cantar... Las cartageneras volvían a oler a biznagas de jazmines clavadas en los pechos de las mujeres provocativas y pasionales. Era raro y estremecía oír la voz de un cantaor confidencial que, en seco, sin acompañamiento musical, iba vertiendo en la sombría corriente de madrugada:
Por una montaña espesa
vuela una paloma triste
en busca del bien que adora...
No hay mata que no registre.
¡Con qué sentimiento llora!
Éste que cantaba con misteriosa entonación, medio a oscuras en la calle, lo hacía según la vieja escuela acaudillada por "el Rojo el Alpargatero" y "Chilares". Nada de adornos, nada de fantasías: como un canto gregoriano solemne, monótono pero cuajado de argumento".
Calle de la Palma
A la derecha, penetramos en la Calle de la Palma, en la que nació Carmen Conde, y donde vivió de niña. Ella misma lo ha contado en innumerables ocasiones:
"Nací en Cartagena, puerto mediterráneo, la noche del jueves, día de la Asunción, 15 de agosto de 1907, en el piso principal de la calle de la Palma: así llamada porque poseía una altísima palmera. Por mi padre "cuyo padre lo era" vengo de gallegos de Orense; y por mi madre, de murcianos y lorquinos, ¡gente mora y apasionada esta!"
El inmueble, ubicado en el número 2, ya no existe. Por la acera de la derecha, podemos contemplar la Calle San Rafael, donde también residió.
Plaza de Alcolea
Desembocamos en la Plaza de Alcolea; popularmente, se la conoce como Plaza de los Carros. Se construyó en el primer tercio del Siglo XVIII y tomó el nombre del vecino Miguel Alcolea, que tenía allí una aperaduría y trabajaba el esparto. La plaza estaba rodeada por unos porches bajo los que se guarecían los transeúntes y se utilizaban como lonja de contrataciones de frutas y verduras, que llegaban del campo de Cartagena en carros, de ahí su nombre popular. Fue un importante centro comercial de la Cartagena de finales del XVIII y el XIX.
Calle del Carmen
Desde ella, a través de un callejón estrecho y corto, se accede a la Calle del Carmen, vía urbana con importantes edificios de estilo modernista, en la que se asentaron grandes almacenes de todo tipo, y que junto a las Puertas de Murcia y la Calle Mayor formaban el entonces llamado centro de la ciudad. En su novela La rambla, relata una inundación (la de San Miguel, el 29 de septiembre de 1919), que afectó a todo este entorno:
"Ya todo fue cuestión de segundos: la lluvia, la imponderable lluvia redentora capaz de llenar todos los embalses del universo; la lluvia no se cansa de caer entre los rayos alarmando a los sedientos que empezaron a rezar para que se acabara [...] No obstante el estrépito de las tormentas arracimadas, a las pocas horas de llover y de tronar sin descanso, bajo el cielo de Cartagena se fue cuajando el silencio, un silencio angustiosísimo...
Y de pronto, alguien empezó a correr, calle del Carmen abajo, gritando porque se lo había oído a otro, y aquél a uno más, "¡la rambla, la rambla...!" Un todavía lejano y sordo rumor avanzaba por el aire abatido, por el aire pisoteado de lluvia. Los cierres de los establecimientos cayeron de golpe, las campanas de las iglesias enarbolaron su alarma, los barcos anclados en el puerto pitaron destemplada y algodonosamente. La rambla que todos temían era la de Benipila, y su ancho, pedregoso cauce, corría ahora repleto, rebosante de aguas limosas, de aguas que arrastraban árboles, animales ahogados, cosas que arrebató de sus sitios y que paseaban en loca y vertiginosa carrera hasta llevarlas al mar. Las primeras calles inundadas fueron la Real, Jabonerías, Carmen, Plaza de los Carros, Palma, Canales, del Parque, Santa Florentina, cuando el Ensanche -el antiguo almarjal, la más antigua ribera donde los romanos edificaron sus casas de placer-, sembrado de eucaliptos para sanear los desecados y mortíferos terrenos palúdicos, rebosaba ya su tremenda invasión de agua. No daba tiempo a salvar nada de los bajos ni de los pisos próximos al suelo. El agua, que por las calles corría hasta con olas, subía mansamente dentro de los edificios que después señalaron el nivel a donde llegó la intrusa y destructora deseada".
En esta Calle del Carmen nos fijamos en la Casa Dorda, obra del arquitecto Víctor Beltrí, residencia de la familia de la que tomó el nombre, con la que Carmen Conde tuvo estrecha relación, desde que Don Manuel Dorda Mesa, cuando era Concejal, empleó su influencia en que el Ayuntamiento le concediera una beca a la joven para que estudiara Magisterio. Así se lo comunica en una carta, fechada el 22 de febrero de 1926:
"Mi distinguida y admirada amiga: tengo el gusto de participarle que mis gestiones en pro de sus futuros estudios han obtenido el éxito de que los hacían acreedoras los cultos y enaltecibles propósitos de v.
Quedo, pues, a su disposición, para redactar y cursar la instancia que ha de dirigirse al Ayuntamiento.
Mis recuerdos a su padre, y V. disponga de su affº amigo"
Manuel Dorda
Era, además, director del diario El Porvenir, en el que la entonces joven escritora publicó algunos de sus primeros escritos. Años después, D. Manuel Dorda fue miembro del Comité Directivo de la Universidad Popular, junto al matrimonio Oliver Conde. Un poco más adelante, podemos admirar el inmueble del número 45, la Casa Cánovas (1906), obra del arquitecto Francisco de Paula Oliver Rolandi, suegro de Carmen Conde, en la que destaca el mirador curvo que marca la esquina, rematada por una pequeña cúpula.
Continuamos caminando por esta calle, admirando las fachadas de los edificios modernistas, con sus característicos balcones y miradores, y casi al final, vemos la Iglesia del Carmen, en la que se casaron los padres de la escritora y la bautizaron a ella. Así recuerda este entorno Carmen Conde en Destino hallado:
"La cuesta, porque era una cuesta de pocos grados, del camino al faro, desembocaba al volver y comenzaba al ir en un pedazo del ensanche de la ciudad, [principio de la Calle Real] y, precisamente cerca de la Escuela de Aprendices del Arsenal civil [antiguo edificio de la Escuela de Aprendices, hoy Museo Naval] y de una institución benéfica, de las muchísimas que van dando trompicones a lo largo y ancho de su existencia [la Casa del Niño].
Después se encontraba una con la calle amplia y casi hermosa colocada bajo la advocación de la patrona de las almas en el Purgatorio [entrada a la Calle del Carmen]. En esta calle estaba la Iglesia donde se casaron mis padres y nos bautizaron a nosotros tres. Había grandes comercios, almacenes al por mayor, edificios altos y cómodos... Comenzaba en un punto llamado Puertas de X y terminaba en otro titulado Puertas de Z [Puertas de Murcia]. De ella partían calles laterales, a todo lo largo de su extensión, que la comunicaban con otras calles largas y cortas. Nosotras tomamos una, llamada con el nombre de una santa local de la época visigoda, nada menos, [Calle Santa Florentina] para ir a la nuestra, no menos ilustremente titulada, ya que el nombre de un santo Rey, conquistador de la perla de Andalucía, le daba prestigio [Calle San Fernando]."
Enfrente, haciendo esquina, podemos contemplar la Casa Pedreño, de estilo renacentista y decoración modernista. A la izquierda, un poco más adelante, la Calle Santa Florentina, mencionada en el párrafo anterior; de esta santa cartagenera, tomó la escritora su seudónimo Florentina del Mar, utilizado en los años cuarenta.
Calle Puertas de Murcia
Continuamos por la Calle Puertas de Murcia, que aparece con frecuencia en textos condianos, tanto de creación como biográficos. En el número 5 de esta calle vivieron Carmen Conde y Antonio Oliver, una vez casados, hasta el año 1935. A continuación, el edificio de Capitanía General.
Al final de la calle, nos paramos frente al Gran Hotel, edificio con influencia del modernismo vienés y francés, cuyas dos fachadas convergen en una rotonda rematada por una cúpula; ubicado en una cerrada esquina, recuerda la proa de un barco. Se distingue por la alternancia del uso de colores y por la riqueza de los detalles decorativos. En sus salones se reunía la alta burguesía. Allí estuvo también el antiguo Ateneo de Cartagena, situado en la Plaza de Prefumo (ahora de San Sebastián), entre las calles Honda y Jara. En sus locales, se celebraron diversos actos de la Universidad Popular (conferencias de Margarita Nelken, María de Maeztu, Antonio Ros, ...) que fundó el matrimonio Oliver Conde en el año 1931, el mismo en el que se casaron, y allí pronunció Carmen Conde también algunas charlas. Desde allí vemos la Calle Jara, donde estuvo ubicada aquella Universidad Popular, y en la que se encontraba la entrada a las aulas del "Colegio de la Purísima Concepción", inaugurado en 1864 como "Asilo de San Miguel", al que asistió Carmen Conde de niña.
Calle del Aire
Seguimos por la Calle del Aire, y vemos a la izquierda la Iglesia de Santa María de Gracia, epicentro de la Semana Santa cartagenera. En su relato autobiográfico Por el camino, viendo sus orillas, la escritora narra cómo el 25 de julio de 1936, se quemaron tallas de Salzillo, como el San Juan y el Ángel:
"El día 25 de julio, fiesta del apóstol Santiago, una voz llamó al teléfono de Aurora -que residía a unos kilómetros de la ciudad, frente a un campo de granados y almendros con un molino de velas señoreándolo, el del Tío Poli, y en el cual se había retratado ella con su marido y con Miguel Hernández recientemente, rodeados de cabras- para comunicarle que iban a quemar la iglesia de Santa María de Gracia en la calle del Aire. Allí se encontraba parte de las esculturas de Salzillo que se llevaban en procesión en Semana Santa."
Enfrente de la Iglesia, la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en estilo ecléctico, sede de numerosos actos culturales y literarios. A la izquierda, la Calle San Miguel, por donde también tenía entrada el mencionado Asilo de San Miguel. En su libro de memorias, anteriormente citado, la escritora nos narra un episodio de su infancia:
"Estaba en el escaparate de una tienda que vendía chocolates y café. Sentadita en un sillón precioso, en una mano sostenía una tacita de porcelana, y en otra, un bizcocho. Por los bordes de la tacita, tan oscuros, se comprendía que tenía chocolate. Cuando le daban cuerda al maravilloso juguete, una mano de la muñeca se movía despacio para acercar la tacita a la boca, mientras la otra mojaba teóricamente el bizcocho que llevaba para simular que bebía chocolate. La boca de la muñeca estaba teñida de color marrón brillante y ella entornaba los ojos demostrando el placer que le producía mojar el bizcocho en la tacita. Semejante esplendorosa actividad impresionaba mucho a la niña cuando pasaba a diario ante el escaparate camino del colegio de párvulos con otras niñas de su edad, apacentadas todas por la dulce protección de Polonia. Se detenía subyugada, asiéndose al barrote dorado que brillaba delante del escaparate, sin poder abandonarlo. Impertérrita, la muñeca continuaba su inacabable desayuno o merienda durante todo el día... En vano Polonia la llamaba para seguir el camino hacia el colegio de San Miguel, a cargo de las monjas de San Vicente de Paúl. Las otras niñas se cansaban antes que ella y querían irse; pero ella, nuestra niña, a duras penas accedía a desprenderse del delicioso escaparate cuya bellísima señora jamás se rendía: una manita que acercaba el minúsculo bizcocho a la boca después de mojarlo en el chocolate de la taza... Una noche, paseando con su madre y una tía por la calle del Carmen -en donde estaba la iglesia del mismo nombre, en donde se casaron sus padres y la bautizaron a ella-, siguiendo su costumbre la niña se detuvo en la confitería Fullea (que tal era su nombre) para prenderse ávidamente al dorado barrote del admirado escaparate. En vano mamá y tía Josefa quisieron arrancarla de allí. Desobediente, fue castigada con severidad. Ahí te quedas, le dijeron, y se alejaron de ella perdiéndose en una distancia infinita para los tres años que la niña contaba... Silencio de momento; luego una desconsolada mirada hacia lo oscuro del abandono. Sola para siempre ante la muñeca, que seguía y seguía tomándose un chocolate inagotabilísimo. ¿Pueden imaginar los mayores el miedo angustioso de la niña, cuya admirativa ansia la indujo a negarse a partir con sus familiares? Por lo menos transcurrió, ¡por lo menos!, un siglo de ansiedad. Hasta que aparecieron, graves y preocupadas por la palidez de la niña y su mirada de terror, su madre y la hermana de su padre, tía Josefa. -Vamos- dijo la mamá. Nunca, nunca olvidó la niña aquella lección -no comprensible para sus años-, que marcó su existencia futura. Pues no se detuvo jamás -yendo con su madre- ante ningún escaparate del mundo. Del poco mundo, en verdad, que jamás recorrieron."
Calle Mayor
Pasamos a la derecha, por la Calle Medieras, para salir a la Calle Mayor. De nuevo a la derecha, vemos el Casino. Este inmueble del siglo XVIII fue el Palacio del Marqués de Casatilly hasta que, en 1897, fue reformado en estilo modernista para transformarlo en Casino, convirtiéndose así en un lugar de reunión de la burguesía de principios de siglo. Así recuerda Carmen Conde, en sus memorias, un suceso frente a este Casino:
"Recorría siempre las mismas calles para llegar y volver del puerto a mi casa. Caminaba airosa, delgadísima (unos 45 kilos de peso) y era tan soñadora en todo momento, que a veces no veía por donde pisaba. Debía de hacerlo con salero cuando hubo quien tiró al suelo su sombrero para que yo lo pisara cuando pasaba ante el Casino de la Calle Mayor."
Un poco más adelante, destaca la Casa Cervantes, de Víctor Beltrí, construido en 1900 para Serafín Cervantes, dueño de una gran fortuna minera. A continuación de este inmueble, estaba la Librería Casaú, también establecimiento de fotografía.
Plaza del Ayuntamiento
Continuamos y llegamos a la Plaza del Ayuntamiento. Destaca el Palacio Consistorial, obra de Tomás Rico Valarino y Francisco de Paula Oliver Rolandi (suegro de Carmen Conde), magnífica muestra de arquitectura ecléctica, cuya construcción finalizó en 1907, el mismo año en el que nace nuestra escritora. Muchos años después, en 1978, en este edificio, se la distinguió nombrándola Hija Predilecta de la ciudad de Cartagena. El Ayuntamiento es citado en La rambla, a propósito de los conflictos mineros de principios del siglo XX:
"[...] ¿Fue su madre de aquellas bravías hembras que cuando se resentían por algo en La Unión solían marchar hacia Cartagena -unos diez kilómetros de camino- soliviantando a todos los que encontraban a su paso? Rosa recordaba el grito de la ciudad en tales casos: "¡Que vienen las mujeres de La Unión!"... Y se bajaban los cierres de las tiendas, se atrancaban las puertas, los escaparates se protegían, pues la furia indudablemente de aquellas mujeres resueltas a todo, rompía sin piedad cuanto encontraba al paso. Sentada en un banco de la Glorieta de San Francisco, con los sacos de la ropa a sus pies, Rosa las vio una mañana de verano sudorosas, maltrechas, en motín, encaminarse al Ayuntamiento por el callejón de Campos, calles de Jara, San Miguel, Medieras y Mayor..."
Muelle Alfonso XII
Avanzamos hasta el Muelle de Alfonso XII. Mirando hacia atrás, la Iglesia Santa María la Vieja o Catedral Antigua y la Muralla del Mar. Veamos cómo describe este panorama nuestra escritora, de nuevo en La rambla:
"... Siguiendo el largo espigón del faro de San Pedro, veían al fondo, en la curva en que la dejaban la dársena y el faro de Curras, la ciudad bulliciosa y jaranera que por entonces era Cartagena. Un monte que sobresalía en primer término, el Castillo de la Concepción -antes de los moros- albergaba en sus ruinas a un enjambre de familias que, en la más absoluta miseria, tenían el magnífico regalo de aquel balcón sobre el mar. Debajo del monte corría la Muralla -Muralla del Mar- llena de hermosos edificios..."
A la derecha, se encontraba la Sociedad Española de Construcción Naval Álvaro de Bazán (actual Izar), donde, recordemos, trabajó Carmen Conde como calquista de planos, desde 1923 hasta 1928. Así lo rememora la poetisa en su obra autobiográfica:
Pequeña historia
"Ahora ve por la ventana la solemne entrada de un barco al puerto. Sobre la mesa se va extendiendo, desperezándose, el papel de finísima tela azulada. Abajo siguen las máquinas del taller de modelos, pero ya no las oye, tan acostumbrada está a su ruido monótono. Cortan las piezas de madera en las máquinas y cobrarán vida definitiva para actuar como partes de motores, piezas a las que el acero pondrá su firmeza amparadora. La estancia, cuadrada, contiene mesas de dibujo, taburetes para alcanzar la altura necesaria que exige el dibujar sobre tableros que reciben planos de las piezas que constituyen modelos de las máquinas que moverán los barcos, de guerra principalmente. El que está en astillero se llamará Alsedo y es un destructor de presente pero buscada eficacia técnica. También hay una máquina de escribir y un mueble enorme con cajones amplios para guardar las cosas particulares de los auxiliares del Departamento de Delineación..."
Allí, en la Sala de Calco, y mirando por la ventana el mar, fue escribiendo los poemas que conformaron su primer libro, Brocal, publicado en 1929:
"Por horizonte -¡aún!-, la ventana del puerto. Al fondo, en los cristales altos, el mar. En los cristales bajos, el mar. Y siempre -¡todavía!-, un barco anclado en la ventana."
Enfrente, podemos ver los diques de Curra o San Pedro (con su faro verde) y Navidad (con el faro rojo):
"Del faro rojo al faro verde. Del faro verde, al faro rojo. ¡He abierto la madrugada, caminando de faro a faro!"
Y a la izquierda, Santa Lucía. En Destino hallado relata Carmen Conde el siguiente episodio:
"Aquel pueblo, llamado como uno de las orillas napolitanas, tenía un templo pequeñito, con su Patrona, y ante ella me llevaron, de chiquita, para ofrecerle unos relucientes ojos de plata. Ahora me doy cuenta de que aquella ofrenda debió de tener un significado especial; ¿tendría yo malitos los ojos? En mi familia hubo ciegos, hay ciegos aún. Hombres que se quedaron ciegos súbitamente, unos por algo que se llamaba "gota serena", otros por desprendimiento de retina; y otros y otras han sido tan miopes, tanto, que un mal día dejaron de ver lo poquísimo que veían... ¿Tuvo miedo mi padre, o puede que mi madre, de que yo me quedara ciega de niña? Más tarde, en la madurez, dos oculistas me advirtieron del peligro de mis ojos. Uno dijo: "No te agaches, no cojas nada del suelo; podrías sufrir un desprendimiento de retina..." Y otro, estudiándome con unas lentes: "Qué viejo es tu fondo de ojos, qué extrañamente viejo"
Carmen Conde se vio obligada a abandonar su ciudad natal al estallar la Guerra Civil, pero siempre la recordó a lo largo de toda su vida y la reflejó, como hemos ido viendo, en su obra literaria. Así rememora con nostalgia, en Por el camino, viendo sus orillas, el Muelle de Alfonso XII en los años de su juventud:
Muelle de mi ciudad
"Asoma su cabecita el recuerdo de unos quinceañeros pasos que pronto se hundieron en el olvido. Se daban en aquel hermoso paseo junto al muelle de la ciudad mía, con jovencitas de mi edad y acompañadas o seguidas por muchachos un poco mayores que nosotras. Época inocente aún del verdadero amor, pero arrullada por su presentimiento. Orillado por árboles el paseo marítimo, los grandes barcos cabeceando rítmicamente junto al muelle y, de cuando en cuando, la ronca voz paternal de sus sirenas... La brisa del mar tan suave cual un oloroso lienzo que nos envolviera. La música, lejana y presente, nos ungía de sueños delicados, avecillas suaves en vuelo que rozaba las frentes con un anticipo de besos de enamorado... Pasó. Mas, nunca el paseo de mis perdidos pasos, volví a pisar. Cuando llego al muelle, lo miro de lejos y sé que en vano buscaría a la criatura que fui cuando caminaba hacia una juventud inesperadamente yugulada por la guerra. ¿"Para qué buscar las huellas de aquellos pasos que al fin rociaron con sangre".
Calle Gisbert
Y desde aquí, para finalizar el recorrido, nos encaminamos hacia el Refugio-Museo de la Guerra Civil, antiguas galerías excavadas para servir de refugios antiaéreos. Allí podremos oír la voz de la propia escritora, leyendo hermosos poemas en los que clama contra la Guerra, que la hizo abandonar su tierra.